Padre  Alejandro Cortés González-Báez  

 

 

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La virginidad

Esta semana escuché que cada hijo es un acertijo que Dios les da a los padres, el cual tardan varios años en resolverlo. Me pareció que es una explicación muy certera de esa realidad, tan compleja, que es la educación. Aunque suene fuerte; es triste descubrir que cualquier idiota puede embarazar a una mujer, pero ser papá es mucho, mucho…, mucho más que eso.

Ayer le di una clase a treinta chiquillas “pubertas” que se están preparando para recibir el sacramento de la Confirmación. Ya su maestra me había comentado que tenían varias dudas sobre algunos temas que han estado viendo. Una de sus inquietudes era sobre la virginidad de la Santísima Virgen María. Aproveché para explicarles que, si Dios pensó en unir a su naturaleza divina la naturaleza humana, para venir a vivir entre nosotros y salvarnos, quiso hacerlo teniendo una madre en la Tierra, y así como cuando se regala una joya de gran valor no se hace envuelta en un trozo de papel periódico sino que se pone dentro de un hermoso estuche, era lógico que el Hijo de Dios padre tuviera como recinto a una mujer absolutamente pura y llena de gracia.

Les dije además, que la virginidad se da en cuerpos que no se han estrenado en la actividad sexual, o sea que no han sido tocados; están “nuevos”, sin usar, lo cual les da un valor mayor.

Cuando mencioné la palabra “sexo” dos de ellas se rieron, y me detuve para decirles: No se rían. El sexo es un maravilloso invento de Dios, que quiso que los seres humanos puedan colaborar con Él en la creación de nuevos hijos suyos. El sexo no es para divertirse, su finalidad es muy superior al simple gozo que puede producir. El placer es un añadido a la actividad sexual, pero no es su fin. ¡Qué pena que muchas jovencitas le entregan su intimidad a cualquier hombre por no saberse valorar a sí mismas!

De hecho, lo que ha conseguido la famosa revolución sexual es que muchas mujeres se hayan abaratado. Esa pretendida libertad no le añade algo superior a la mujer, sino que por el contrario ha deteriorado su autovaloración, y con ello se devalúa también su imagen, dando motivos para que no sean respetadas como se lo merecen.


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