Padre  Alejandro Cortés González-Báez  

 

 

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¿Llegar virgen al matri-qué?

 

Aunque la pregunta más adecuada a la mentalidad de muchos tendría que decir: ¿Llegar cómo al matrimonio? Pues resulta que hoy en día, según la forma de pensar de algunos, la única que tiene que llegar pura a los labios de un hombre honrado, es el agua embotellada.

Hasta hace algunos años se sobreentendía que sólo podían llegar de blanco al altar quienes se habían conservado vírgenes, y en broma se decía que si alguna había fallado permitiendo algún exceso al novio en las muestras de cariño, debía pedirle a la modista que cosiera, en su vestido de novia, alguna lentejuela de color. Si en la actualidad aplicáramos ese criterio una buena cantidad de las llamadas señoritas decentes deberían presentarse a contraer matrimonio vestidas de China Poblana.

Según parece, algunas jóvenes se entregan al novio por el miedo a perderlo, pero la experiencia demuestra que dichas relaciones no son garantía del amor eterno, como tampoco de conseguir con ello al marido deseado. Incluso, casi siempre, lo único que se consigue es una pérdida de respeto, que suele aflorar ya estando casados.

De ninguna manera me parece que sea un convencionalismo social el esconder, y mantener lejos de los extraños, aquellas partes del cuerpo que tienen como función la capacidad reproductora, sobre todo si partimos del principio de que concebir un hijo es transmitir la vida a otra criatura igual a él, y ello hace referencia a una de las labores más dignas que pueda realizar el ser humano en todos los órdenes, incluyendo, por supuesto el moral. Es en definitiva algo que raya en lo divino.

Quisiera mencionar un ejemplo que quizás no se adapte del todo al tema, pero a mi me resulta lógico que un cirujano no permita que su instrumental quirúrgico sea manipulado por todo tipo de personas, y esto por dos motivos: Primero, por la nobleza y el respeto que supone abrir el cuerpo humano, y segundo, por el peligro de descuidar la asepsia, lo cual podría provocar infecciones de fatales consecuencias.

Cualquier persona con sentido común, rechazará comprar una botella de vino que se encuentre abierta, pues ello le hará dudar de lo que le han sacado, o de lo que han mezclado en ese licor. En el caso que nos ocupa, dicha situación es mucho más delicada, dado que no estamos hablando del aspecto exclusivamente material, pues en toda relación sexual no forzada, no sólo se entrega la carne, sino también algo del alma.

Es decir, en esa relación hay una donación no sólo del valioso tesoro del cuerpo, sino de una buena parte de uno mismo… la más íntima, aquello que ha de pertenecer sólo a quien se valora como otro yo, es más, como yo mismo; y por lo mismo, debe de reservarse para quien ya se ha obligado libremente y para siempre, en un compromiso, que de por sí, es irreversible. Si tratamos de entender por qué algunas jóvenes ya no dan tanta importancia al cuidado de la virtud de la castidad, habremos de buscar tales razones en esa devaluación del ser humano, y es evidente que la mercadotecnia ha influido en gran medida a la comercialización femenina.

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